Soltar el miedo para aprender a volar con Natalia Subiri
Desde las calles de Londres hasta la esterilla de yoga, la historia de Natalia Subiri es una inspiración de valentía y reinvención. Durante años vivió en la urbana, vibrante, alternativa y magnética capital británica, pero en su interior algo comenzaba a resonar distinto: un deseo profundo de reconectar con sus raíces, con su cuerpo y con su verdad.
Esa búsqueda —la de volver a escuchar nuestra intuición— nos recuerda que a veces la vida nos pide volar: volar ligero, soltar el miedo y confiar.
En esta entrevista, Natalia nos invita a asomarnos a su mundo, sus decisiones valientes, su vulnerabilidad… y su luz. Con ella conversamos sobre lo que significa atreverse, volar, caer… y volver a levantarse..
______________________
Natalia, cuando estabas en Londres no querías marcharte, pero llegó un momento en el que sentiste la necesidad de un cambio. ¿Cómo fue dar ese salto y por qué decidiste hacerlo?
Creo que fue un cúmulo de señales. Llevaba años en Londres, pero sentí una profunda nostalgia por volver a casa, por estar cerca de las personas que más me importan en mi familia. Al final me decidí a dar el paso. Volví a España con pocas expectativas, pero con la determinación de enfrentar nuevos retos. A veces necesitas enfrentarte a lo incómodo y aceptar la incertidumbre. Hoy estoy muy contenta de haber dado ese salto. Siento que fue lo que mi intuición me pedía: reconectar con mis raíces, con mi familia y conmigo misma.
A veces necesitas enfrentarte a lo incómodo y aceptar la incertidumbre

Practica yoga con Natalia Subiri en @movement_with_nat
Hablando de intuición, ¿cómo llegaste por primera vez al acroyoga? ¿Recuerdas ese momento en el que volaste por primera vez?
Sí, al principio empezó como un juego. Pero poco a poco empecé a ir a más clases y a ver hasta dónde podía llegar la gente. Me fascinó ver a personas volar sobre otras, a través del yoga y la acrobacia.
No fue fácil al principio; entrar en grupos de acroyoga puede ser intimidante: piensas que igual no encajas, que estorbas, que los demás son mejores… debes enfrentarte a tus propias inseguridades.
Pero algo me decía que siguiera. Poco a poco, sin darme cuenta, mi vida empezó a ser acro, acro, acro… todo giraba alrededor de eso. Me enamoré de esa sensación de volar, de confiar, de compartir. Se volvió una parte muy importante de quien soy.
Esa sensación de volar me atrapó completamente
Tienes muchas inquietudes artísticas. ¿Crees que tu trayectoria artística influye en tu forma de entender y practicar el yoga? ¿Encuentras en el yoga una forma de expresión creativa?
Sí, definitivamente. Para mí el yoga también es un arte del cuerpo en movimiento. Creo que todo tipo de arte está relacionado. El yoga es muy creativo, muy inspirador. Siempre he tenido curiosidad por desarrollar cosas que llevan dentro mi esencia: pintar, moverme y expresarme.
El arte siempre ha sido un refugio, un lugar seguro. Y siento que el yoga conecta completamente con ese espacio. Es creativo, inspirador, libre. Creo que todo en mi vida se ha ido conectando: el arte, el movimiento, la forma de relacionarme con el mundo y con mi propio cuerpo.

¿Qué ha significado para ti formar parte de una comunidad de acroyoga?
Para mí la comunidad lo es todo. Sentirme parte de un grupo donde puedo ser yo misma, donde comparto una pasión en común, me parece precioso. El acroyoga te permite reconectar con lo lúdico, con lo infantil, con la parte de ti que quiere jugar, volar, reír, mancharse, equivocarse sin miedo.
En clase veo médicos, ingenieros, personas con vidas “serias”, que de repente vuelven a ser niños. Eso es maravilloso. A mí me encanta transmitir esa energía: vamos a jugar, vamos a quitarnos la máscara del adulto, vamos a divertirnos.
Y, sobre todo, crear un espacio donde la gente se sienta segura, apoyada, incluida. Porque en el acroyoga siempre hay confianza: confías en el otro, confías en tu cuerpo, confías en el proceso.
En acroyoga existen ciertos roles de género: hombre base, mujer voladora. Tú has decidido romper con eso. ¿Cómo ha sido ese proceso para ti?
Siempre me ha gustado volar, porque lo veo delicado, acrobático, femenino. Pero empecé a probar como base y me di cuenta de que también podía hacerlo. Me decían: “tú no puedes ser base porque eres mujer”. Y yo pensaba: pues voy a hacerlo igualmente. No es cuestión de fuerza bruta, sino de técnica; de entender cómo funciona tu cuerpo, la biomecánica, el equilibrio.
He sido base y voladora, y eso me ha dado mucha empatía, mucha comprensión y, sobre todo, mucha libertad. Odio que me digan que no puedo hacer algo. Prefiero probar y descubrirlo por mí misma. Creo que quitar los roles es esencial, no solo en el acroyoga, sino en la sociedad en general, y ayudar a cada persona a descubrirse, a sentir que pertenece y se divierte sin importar su género, edad o habilidades.
Creo que quitar los roles es esencial, no solo en el acroyoga, sino en la sociedad en general

Sigue a Natalia Subiri en Instagram @nsubiri
En tus clases de acroyoga, ¿qué es lo que más intentas transmitir a tus alumnos?
Lo primero es crear comunidad y confianza. Para mí, pertenecer a un grupo así es fundamental: hace que cada práctica sea compartida. No importa quién seas, todos compartimos la misma pasión. En mis clases también destaco la importancia de divertirse y soltar la seriedad adulta. Quiero que la gente vuelva a ser un poco niño: volar sin vergüenza. Dejar atrás los roles estrictos de adultos y recuperar esa inocencia de saltar al aire y confiar en otro.
Puedes jugar y expresarte tal y como eres. Me esfuerzo para que mis alumnos se sientan seguros yளம் apoyados. Quiero que sepan que está bien reírse de sí mismos, explorar sin presión. Vamos a divertirnos, a quitarnos la máscara y a soltarlo todo.
También transmito la idea de no quedarse con un “no puedo”: odio que alguien te diga lo que no eres capaz de hacer. Prefiero que mis alumnos lo intenten y descubran por sí mismos. Si un alumno no cree poder con algo, le animo: “¿Por qué no? Vamos a intentarlo y adaptarlo. El acroyoga es para todo el mundo”.
Quiero que la gente vuelva a ser un poco niño: volar sin vergüenza.
Hablando de empoderamiento: ¿sientes que tu camino en el yoga te ha preparado para comprometerte con causas sociales y ambientales que te importan? ¿Cómo influyen tus valores en tu práctica?
Totalmente. El yoga me ha ayudado a abrir los ojos ante la injusticia y la falta de empatía en el mundo. A veces nos quedamos en nuestra burbuja, desconectados. Personalmente, no puedo quedarme de brazos cruzados frente a lo que ocurre.
El yoga me enseñó a ser consciente: si veo algo que me parece injusto, aunque sea pequeño, actuaré dentro de lo que pueda. Me duele que haya gente que parezca insensible ante el sufrimiento ajeno, porque vivimos muy desconectados.
Por eso creo que las enseñanzas del yoga (amor, compasión, conciencia) me impulsan a pelear por la igualdad y la justicia. Entiendo que la lucha por las causas que me importan también es parte de vivir el yoga: es defender con fuerza lo que creemos justo. Si a través de mi práctica puedo inspirar a otros a actuar con amor y coraje, ya está aportando algo muy valioso.
Las enseñanzas del yoga […] me impulsan a pelear por la igualdad y la justicia.

Muchos de tus encuentros de acroyoga han sido al aire libre, en parques o incluso en la selva. ¿Cómo influye la naturaleza en tu práctica y en tu vida?
Me encanta ese contraste: soy muy urbana pero también muy rural. Vengo del norte de Madrid, con familia siempre muy conectada al campo y la montaña. Para mí es imprescindible encontrar esos espacios naturales donde recargarme. Necesito escaparme de la ciudad al menos unos días al mes: ir a la sierra, al río, salir de viaje… eso me pone en contacto con mi esencia.
La naturaleza me nutre y me recarga. Cuando estoy caminando en un bosque o sentada viendo un atardecer, siento que vuelvo a mis raíces y me lleno de energía creativa. Creo que en el estilo de vida que llevamos a veces olvidamos lo esencial. Estar en la naturaleza me recuerda vivir con menos, ser consciente del impacto de nuestros actos. Todos deberíamos tener esa conexión: nos hace más empáticos con el medio ambiente y entre nosotros.
La naturaleza me inspira humildad y asombro: me recuerda que somos parte de algo más grande y necesitamos vivir con respeto por la Tierra.
Somos parte de algo más grande y necesitamos vivir con respeto por la Tierra
Para terminar, ¿qué es lo más importante para ti y qué mensaje te han dejado tus seres queridos (por ejemplo, tu abuela) para inspirarte a ser quien eres hoy?
Y hablando de amor, mi abuela fue la persona más importante que tuve. Se fue hace poco, pero me enseñó una lección inmensa: lo más importante es el amor. Ella siempre hacía todo con el corazón, daba sin reservas. Decía que a ella le sobraba generosidad y era feliz ayudando a los demás. Creo que heredé eso en parte.
Ella logró su mayor deseo: partir sabiendo que había dado todo de sí misma. Mi gran aprendizaje es ese: seguir dando amor, aunque duela o las cosas no salgan como quiero. Hacer siempre cada cosa con el corazón.
______________________
Esta entrevista no va solo de acrobacias ni de yoga; va de algo mucho más profundo: la valentía de escucharse y de actuar en consecuencia. El viaje de Natalia es un recordatorio de que el cuerpo guarda una sabiduría enorme: sabe cuándo es momento de sostener y cuándo es momento de volar.
La historia de Natalia es también un homenaje a quienes nos enseñaron a amar y un llamado a transmitir ese amor en todo lo que hacemos: en la práctica, en la lucha social, en el cuidado del planeta y en la forma en que habitamos nuestro cuerpo.
Porque elegir volar no es solo elevarse: es elegir vivir con el corazón abierto, elegir confiar y elegir volver a uno/a mismo/a, una y otra vez. Gracias, Natalia, por recordarnos que la libertad empieza por soltar el miedo y volar… volar alto, ¡muy alto!.



